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Señales de Humo

Murmullos de un pirómano

Labores de limpieza

Velázquez entró en el despacho acristalado donde un joven ejecutivo (o un ejecutivo de apariencia juvenil) con impecable camisa blanca entallada, corte de pelo engominado y cejas depiladas, esperaba de espaldas mientras miraba al horizonte de la ciudad, ese que solo es visible desde las grandes alturas.

—Sentate, Velázquez —dijo el ejecutivo, con la mirada perdida en la lontananza pero atenta al reflejo de quien acababa de llegar; después agregó:— Cerrá, por favor. Seguir leyendo “Labores de limpieza”

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Puertas

Cada puerta es una vía de escape hacia otra estancia de la que querremos escapar. Cada huida es una oportunidad de verse atrapado en una celda sin salida.

La luz que ciega, las sombras que ocultan, las rejas abiertas de par en par (o cerradas con pesados candados) señalan caminos confusos, invitan a pasajes misteriosos, guían con señales ambiguas en un laberinto de ilusiones ópticas.

Y nosotros avanzamos, giramos, entramos y salimos a la vez, con la esperanza de concluir la fuga en algún espacio infinito.

Foto: Puertas.

El reloj

El reloj tenía grabados en su tapa un fénix y un dragón. El fénix impulsaba las inquietas manecillas en su movimiento continuo; el dragón ordenaba el universo en un dial de doce números. Ambos convivían entre engranajes delicados y sonidos acompasados, sin más pretensiones que acompañar a la eternidad. Pero el hombre, que daba cuerda e interpretaba los signos, aspiraba a controlar el tiempo.

El gato tuerto

Era un gato viejo, creo yo. Tuerto, eso seguro. Apareció un día en la ventana que daba al patio, desafiante detrás del vidrio. Estaba parado en el alféizar, junto a una maceta con tierra seca y una planta muerta. Lo vi de casualidad, porque la luz que daba en la ventana mezclaba reflejos y polvo, y apenas dejaba ver el exterior. Estuve tentado de espantarlo hasta que descubrí el ojo dañado: quizás está lastimado, pensé, con una herida reciente. Tal vez necesite desinfectarse antes de que el ojo se le ponga peor. Seguir leyendo “El gato tuerto”

Carnaval robot

La invitación, que llegó a sus manos por casualidad, ponía “Carnaval robot”. Y añadía: “Vení con tu mejor disfraz y las baterías cargadas para la fiesta de los autómatas”. Completaban el texto una fecha, la hora y la dirección.

Así que, se dijo, tenía que ir. No podía seguir aislándose en su mundo solitario. Tenía que buscar la compañía de sus semejantes, como tantas veces le habían recomendado. Ponerse al día con el universo; hacer un update. Seguir leyendo “Carnaval robot”

La fierbreaA

El capitán extrajo el tabaco de su faltriquera y lió un cigarrillo. Se plantó frente al tablero, donde las piezas ya se distribuían de forma aparentemente anárquica, con sus juegos de amenazas invisibles; lo escudriñó unos breves instantes y sugirió adelantar el caballo para amenazar al rey. “Mate en cuatro”, vaticinó con la segbudo… camepeón delmundo… hasta el anochecer

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Tierra de cuervos

Versión a Pilot y Photoshop, en un cuarto de página DIN-A5:

Tierra de cuervos

Versión a lápiz y Photoshop, en una hoja DIN-A3:

Nuevo libro: ‘Códigos de barra’

Alrededor de una mesa en el bar de Manolo, el Gallego, una barra de cinco amigos debate sobre los grandes temas de la humanidad (como el amor, la verdad, los sueños, el poder, el fútbol y las papafritas).

Y en otra mesa, más apartada y solitaria, un tímido y enigmático escritor recoge sus impresiones sobre el mundo y la vida en un cuaderno anillado de tapas amarillas.

Estas son las líneas de apariencia anárquica y heterogénea, gruesas y finas, que conforman los códigos de barra. Seguir leyendo “Nuevo libro: ‘Códigos de barra’”

“r”

El escritor se sentó ante la máquina de escribir, cargó el papel, posó sus dedos sobre las teclas y se sintió dispuesto a narrar. De inmediato lo invadió el miedo, pero no el famoso temor a la hoja en blanco: a él siempre le surgía algo. Es más, tenía cierta probada habilidad para empezar a escribir cualquier cosa de cualquier manera, con un débil plan en la cabeza, y cambiar sobre la marcha hacia otra idea que le gustara más, sin que ello perjudicara en lo más mínimo su relato. Su oficio era escribir, y él escribía: obras excelentes, cuentos sutiles, historias novedosas, tramas complicadas; a veces simplemente tecleaba una caterva de palabras que a él le parecían desagradables, pero que publicaba como las demás. No sentía ningún tipo de límite ético respecto de su obra, no era de esos que jamás podrían permitir la publicación de una pieza a la que ellos mismos calificasen como “horrible”; al contrario, en el fondo pensaba que siempre habría alguien a quien le iba a agradar lo que narraba. Y fin de la historia. Seguir leyendo ““r””

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