Ocurre cuando te levantás temprano. Cuando el despertador te arranca del sueño y te encontrás en una habitación solitaria, silenciosa, iluminada por la mínima lamparita de un velador. Afuera es todavía de noche o, a lo sumo, se ve un resplandor grisáceo que anuncia la inminente llegada del amanecer.

Resignado a lo inevitable, te levantás de la cama y vas al baño. Pero no vas solo. Te acompañan unos pensamientos funestos que no sabés de dónde salen (¿no sabés de dónde salen?), pero que parecieran vivir con vos desde hace mucho tiempo. Son reflexiones sombrías sobre tu existencia miserable. Son los pensamientos del nunca: a esas horas de la mañana, te parece lógico y natural admitir que jamás será posible alcanzar ese modesto sueño que te empeñás en mantener a flote día tras día. Es el pesimismo disfrazado de realismo, que te susurra sentencioso sus verdades sobre la felicidad imposible y la incertidumbre permanente.

A esa hora de la mañana, recién levantado, entendés que estás condenado a repetirte eternamente, mientras tus baterías se van agotando con cada día, hasta que en algún momento incierto te vas a quedar congelado en mitad de una operación intrascendente. Te rebatís a vos mismo, te obligás a admitir que en realidad no estás esperando nada (el cambio, la oportunidad, la lotería); y que si esperabas algo, ya pasó de largo sin que lo vieras venir o supieras agarrarlo. Que solo te queda por delante perdurar, atravesar cada hora con el único propósito de llegar a la siguiente.

Mientras escuchás esos ruidos que están siempre ahí y a los que nunca hacés caso (el motor de la heladera, el tic-tac del reloj, el agua corriendo por las cañerías o incluso tu propia respiración), creés que esos pensamientos matinales son como estos ruidos: constantes, concretos, pero ocultos bajo el barullo cotidiano, tras la superficialidad ruidosa de la radio o la televisión.

No te aturde el cansancio acumulado del día, ni las cosas que te traés a casa cuando emprendés el regreso del trabajo: no, para nada; estás despejado, fresco, sobrio, quizás con el tenue recuerdo de un sueño que se va diluyendo para siempre. Y entonces estás solo con tus pensamientos, los que creés genuinos, auténticos, verdaderos. Tienen que serlo, porque se presentan así, como una realidad negada, una realidad que, de golpe, en la austeridad de la madrugada, se abre paso con inexorable parsimonia, firme en su propósito de decirte que sigue ahí, que no importa las cortinas con que la ocultes ni lo mucho que intentes alejarte, ella va a volver y va a seguir ahí. Te saluda con un ademán imperceptible de viejo conocido y se instala a tu lado a tomar el té y a recordar que “yo te lo dije”.

Después sale el sol, se despierta un vecino o te distrae la necesidad práctica de saber si hace frío o va a llover. Entonces los pensamientos funestos se desvanecen como un fantasma, sin aspavientos ni grandes amenazas, pero con la certeza de que van a volver porque, en realidad, nunca se van del todo.

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