Por Bernhard Villuanueva
periodisto y fantasma de la B.

“Hay que ser ancho para ser profundo”, repetía una y otra vez Ángel Cappa, repitiendo lo que solía repetir César Luis Menotti.

Muchos han encontrado en esta apreciación, en esta fórmula, una explicación sucinta de la propensión a escribir novelas de mil páginas o ensayos interminables: a mayor grosor[1] del libro, traducen, más hondo y trascendente su contenido; suponen que, por ejemplo, hay más sabiduría en el Ulysses de Joyce o El Ser y la Nada (o El Ser y la nada; o El ser y la nada; o El ser y la Nada) de Sartre que en un haiku o un koan zen, o que en los Cuentos breves y extraordinarios con los que se (nos) divertían Borges y Bioy Casares.

Sin embargo, se trata de un claro error de interpretación. En primer lugar, porque la extensión de una obra no garantiza necesariamente una reflexión aguda: inténtese encontrar algo medianamente evocador en el mamotreto Nocturna, de Hogan y Del Toro (que, incluso, tiene pretensiones integrar una trilogía), o en el igualmente mastodóntico Cincuenta Sombras de Grey (y sus secuelas) de E.L. James, por poner solo unos ejemplos de los anchos y numerosos volúmenes que produce la industria editorial en las últimas décadas.

 

En segundo lugar, porque asistimos a un claro error conceptual, ya que se parte de la premisa de que la profundidad ha de estar en el texto, cuando esta solo se alcanza fuera de él, en la cabeza del lector: si un lector es incapaz de comprender el escrito, si este no dispara reflexiones, no despierta inquietudes, no promueve indagaciones, entonces no es realmente profundo; un texto voluminoso, en ese sentido, puede incluso provocar la confusión, no solo por las complejas ideas que expusiera o por el intrincado lenguaje que emplease su autor, sino por la humana dificultad de retener durante mucho tiempo en la memoria cercana los contenidos que se han leído en primer lugar; además, las obras extensas suelen atreverse a plantear preguntas y, al mismo tiempo, dar sus respuestas o, cuanto menos, alguna forma de cierre totalizador que, por más que se proclame humildemente provisional, acaba adoptando la fachada de no ser la solución idónea pero sí “la mejor solución posible” y, con ello, una suerte de conclusión definitiva (hasta que sea superada por otra mejor en un futuro lejano, muy lejano, aunque puede que ese futuro no llegue nunca). En cambio, la obra breve puede abrir más interrogantes de los que es capaz de responder en su exigua extensión (aunque más no sea “¿qué quiso decir el autor con esto?”) e interpela directamente al lector para que sea este quien se adentre en las profundidades de la duda y el misterio, profundidades que no se circunscriben a una limitada cantidad de páginas (de líneas o de palabras), sino que se expanden como el Universo conocido hasta donde alcanza la vista.

Ahora bien, esto no es una defensa a ultranza de la brevedad, ni un canto al poder liberador del tuit u otras manifestaciones minúsculas de la cultura contemporánea, porque históricamente lo corto y lo conciso ha sido el dominio de lo práctico, lo inmediato y, sobre todo, lo intrascendente. En ese sentido no se constata ningún cambio radical en los tiempos que corren: no hay nada más allá de la inocente pregunta “¿me puede decir qué hora es?” o de la típica frase “más aburrido que chupar un clavo”: nadie espera iniciar de este modo un viaje astral, o conmover la conciencia de una mente ajena; en el primer caso, es probable que uno solo aspire a obtener información puntual (y efímera), mientras que en el otro se trata simplemente de manifestar un estado de ánimo o de realizar una descripción gráfica sobre el aspecto lúdico de cualquier evento, situación o potencial entretenimiento (como, por ejemplo, la lectura de una novela de quinientas y pico páginas). Tampoco hay nada sugestivo en una broma entre dos amigos hecha pública a través de las redes sociales ya que, todo lo más, se pretende pasar un buen rato, quizás a costa de que alguien sufra unos breves instantes de vergüenza antes de que otra gracia, en otro punto de la red, absorba la atención de los volátiles internautas, bromistas incluidos.

 

En tercer y último lugar, porque tanto Cappa como Menotti están hablando de fútbol y no de literatura: lo que dicen (por si hace falta aclararlo) es que hay que utilizar todo el ancho del campo, abrir la pelota a las bandas e intentar generar de este modo los espacios necesarios para poder acercarse a la meta rival, ya que los (vanos) intentos de perforar la defensa enemiga en un sector reducido y centrado del terreno de juego acaban por conducir a un encallamiento muy lejano a la línea de gol.

Ahora bien, tampoco es cuestión de ser puristas ya que pueden establecerse algunos paralelismos entre la filosofía menottista y la literatura; de hecho, muy a menudo se ha registrado (aunque exagerado) la mutua influencia entre los adeptos a la primera y algunos miembros de la segunda. Así las cosas, podemos sostener que hay algo lírico y trascendental en la breve máxima de Menotti, así como algo que aprender del fútbol de Menotti para los narradores y ensayistas.

Empero, como este tema ya ha sido suficientemente tratado por varios autores de distintas tendencias, en este trabajo nos detendremos en las críticas que se formulan a esta perspectiva, menos conocidas y a menudo denostadas.

 

Podríamos empezar por la apreciación de que escuchar a Menotti (no hablemos ya de Cappa) es más aburrido que chupar un clavo. Pero opiniones personales aparte, es cierto que la conceptualización menottista encierra algunas premisas implícitas que sus detractores tratan de exponer para, de este modo, invalidar la afirmación.

“La filosofía de Menotti es claramente clasista, válida solo para la élite, para los pudientes”, sostiene Horatio Caruso-Lombardi en su ensayo Patapúm parriba[2]. Luego añade: “Todo muy lindo con eso de mandar a los marcadores de punta al ataque, tocar la pelota de un lado para el otro, jugar de primera, armar paredes, buscar romper líneas con pases milimétricos en diagonal y toda la cosa, pero al final eso solo funciona si tenés los jugadores para hacerlo, si contás con tipos técnicamente dotados y físicamente privilegiados. Pero cuando vos tenés que poner de titular sí o sí a un pibe patadura y asmático al que mandás de lateral porque es el lugar de la cancha donde molesta menos a tu equipo (y al menos molesta un poco al rival), se te van todos los planes al garete. En casos así, lo único que podés hacer es armar bien las líneas, meter pierna fuerte y… a trabajar”. Caruso plantea que la posibilidad de elegir el estilo de juego solo está al alcance de aquellos equipos que cuentan con los suficientes recursos como para poder escoger entre distintos tipos de jugadores, o bien contratar a buenos futbolistas polivalentes que, eventualmente, puedan interpretar las órdenes de su entrenador a la perfección, sean estas líricas y barrocas, o bien toscas y directas. En cambio, aquellos equipos que, por su modesto presupuesto, solo tienen acceso a jugadores de condiciones técnicas pobres, escasa visión y, en cualquier caso, torpes, están prácticamente conminados a interpretar un solo guión de juego: el patadón para arriba.

 

En la misma línea, pero con una interpretación divergente, Cristina F. Kappa (nada que ver con el otro Cappa) cree que en la máxima menottista hay un dejo clasista de otra índole: “Excepto el Ancho Peuchele (Rubén Peucelle), que era un tipo popular, cualquier persona ancha es un gordo, y los gordos son los beneficiarios de la desigualdad y la exclusión, los miembros de la oligarquía[3]. Como dijo uno de los padres de la democracia argentina, ‘a vos no te va tan mal, gordito’. Incluso en el movimiento sindical, los gordos son la casta mafiosa e improductiva que se beneficia de los auténticos trabajadores. Por lo tanto, al decir que hay que ser ancho para ser profundo, nos están subestimando. Nos están diciendo que los pobres, los flacos, no tenemos capacidad intelectual. Nos están diciendo que los ricos son los únicos que pueden pensar. Es una defensa encubierta del voto cualificado”[4]. Sin embargo, como le responde el Gordo Bonadeo, “¿no se da cuenta de que la frase la dijo el Flaco Menotti?”.

 

Para cerrar, la crítica más incisiva a la máxima menottista la formulan los seguidores de su principal antagonista, el Doctor Carlos Salvador Bilardo, quienes directamente cuestionan uno de los axiomas básicos de la filosofía expuesta por el entrenador campeón con Argentina en 1978. Según estos autores, no hay que centrarse en la anchura, si más o menos, ni en lo que esta significa o simboliza, sino en un supuesto previo a la reflexión, una idea que subyace incuestionada y que es necesario revisar. Dicen los críticos: “¿Y quién cuernos quiere ser profundo? Nos estamos olvidando de una dimensión, la más importante: de lo que se trata, en definitiva, no es de ser profundo, sino de llegar alto[5].

¿Lo dejamos ahí?


NOTAS:

[1] Acá parece haber una confusión entre ancho y espesor, ya que el grosor de un libro correspondería a esta última dimensión y no al ancho. Sin embargo, en tanto objeto tridimensional, un libro admite su análisis desde distintas perspectivas: si comparamos los volúmenes durante su reposo en una estantería, el ancho pasa a ser la medida horizontal del lomo. Como se verá, es este enfoque comparativo el que subyace a la tesis aquí expuesta.

[2] Patapúm parriba. Resistencia contrahegemónica en contextos de desigualdad económica. Bruckheimer, Miami, 2016.

[3] Esta posición es rebatida por trabajos como los del sociólogo norteamericano Erik Estrada y su ensayo Reduce Fat Fast. La lucha contra la obesidad en la America profunda (Harvard University Press, Cambridge, 1999). Según este autor, al menos en Estados Unidos, la obesidad es sinónimo de pobreza, de una dieta basada en comida basura y chips, mientras que la riqueza y el bienestar se aprecia en los cuerpos modelados por el gimnasio, la cirugía estética y las estrictas dietas con ingredientes naturales.

[4] Vayan acostumbrandosé. Ediciones 6-7-8, Olivos, 2010.

[5] Véase por ejemplo, SABELLA, A. Medio a cero. Cómo llegar a una final con menos de un gol por partido. Ed. Vaticano, Rio de Janeiro, 2014.

Anuncios