El escritor se sentó ante la máquina de escribir, cargó el papel, posó sus dedos sobre las teclas y se sintió dispuesto a narrar. De inmediato lo invadió el miedo, pero no el famoso temor a la hoja en blanco: a él siempre le surgía algo. Es más, tenía cierta probada habilidad para empezar a escribir cualquier cosa de cualquier manera, con un débil plan en la cabeza, y cambiar sobre la marcha hacia otra idea que le gustara más, sin que ello perjudicara en lo más mínimo su relato. Su oficio era escribir, y él escribía: obras excelentes, cuentos sutiles, historias novedosas, tramas complicadas; a veces simplemente tecleaba una caterva de palabras que a él le parecían desagradables, pero que publicaba como las demás. No sentía ningún tipo de límite ético respecto de su obra, no era de esos que jamás podrían permitir la publicación de una pieza a la que ellos mismos calificasen como “horrible”; al contrario, en el fondo pensaba que siempre habría alguien a quien le iba a agradar lo que narraba. Y fin de la historia.

Pero ese día, el escritor estaba dispuesto a crear algo original, tenía ganas de decir algo realmente nuevo, algo que no se hubiese dicho ya. Él sabía que la gran mayoría de las historias no eran sino repetición de otras similares: y no por un plagio malintencionado de los autores, sino porque la literatura se inspiraba en la vida misma de los miserables humanos que, a pesar de su fe ciega en una historia y un progreso dinámicos y evolutivos, no hacían más que vivir una y otra vez lo mismo.

En definitiva, el escritor sentía miedo, pero no el que deriva de la falta de inspiración, sino el que surge de la falta de originalidad.

 

Tuvo muy pronto delante de sí dos problemas: primero, que para ser original había que conocer todo lo ya hecho, único medio para asegurarse de no estar repitiendo nada; segundo, que no debía dejarse influir por todo lo anterior, había de evitar que se colase una mínima pizca de aquello que no tenía que copiar. Empresa difícil, ya que tanto más se conoce, tanto más se tiende a repetir. El doble problema introdujo al escritor en una trabazón insuperable. No tenía inconvenientes morales en hacer más de lo mismo, nunca lo tuvo, pero no era lo que él quería para ese día.

Luego de unos minutos, la hoja seguía allí, pacientemente acomodada entre los rodillos de la máquina, esperando las marcas de tinta. El escritor permanecía en la misma posición que antes, las manos dispuestas a arrancar, los ojos clavados en el centro de su aparato, la mente en blanco.

No podía buscar inspiración en ningún lado, a menos que supiera que se trataba de una situación nueva. De otro modo, se trataba a lo sumo de dar vueltas de tuerca, plantear otros puntos de vista o retocar a su gusto aquello en lo que se había inspirado. Y aunque normalmente aceptaba estas técnicas como válidas, en esta ocasión actuaban en desmedro de sus objetivos.

Y el tiempo siguió transcurriendo.

 

De pronto, el dedo índice de la mano izquierda se movió sin que nadie lo ordenara y, dado que el azar lo había puesto encima de ella, apretó la tecla “r”. El botón accionó el mecanismo y la letra se estampó en el papel. El escritor contempló el solitario caracter sobre la página y luego torció su vista hacia ese dedo rebelde que parecía actuar por cuenta propia. El dígito, ajeno a toda cavilación, se asemejaba a una herramienta inerte apoyada sobre las teclas a la espera de una nueva orden. El escritor se miraba entonces las manos, esperando la siguiente movida que nunca llegó.

 

Al cabo de una hora, sólo había una “r” sobre el papel. El escritor, con movimientos de sonámbulo, se puso de pie, caminó hasta la heladera, se sirvió un vaso de jugo, lo tomó, enjuagó el vaso, caminó hasta su cama y se echó a dormir. Soñó con su madre retándolo como a un chico por alguna travesura infantil; también con el asado de su padre, con sus abuelos, hasta que finalmente despertó. Se dijo a sí mismo que ni los sueños eran originales.

Se sentó a los pies de la cama y el escritor creyó estar de pronto con la respuesta a su dilema: lo original sólo puede estar en el origen, es la esencia del origen, y no tiene nada que ver con dar origen a alguna cosa. Una historia original sólo será aquella nacida en el comienzo de los días, y el resto tan sólo repetición. Se tranquilizó. Aceptó la respuesta por buena, como si la hubiese oído de otro, como si ya no le importara el asunto, y marchó a sentarse frente a su máquina de escribir. Quitó el papel con la letra solitaria y cargó una hoja nueva.

 

Escribió mucho, todo tipo de historias, una tras la otra, diferentes entre sí, alocadas, prediseñadas, buenas, malas, aburridas, entretenidas, solemnes, chabacanas, profundas, banales, de esas y de las otras. Ninguna original, claro está.

El escritor, que en verdad no fumaba, encendió un cigarrillo, miró el humo brotar por unos segundos y luego lo apagó. Observó nuevamente la hoja con la “r”, la colocó otra vez en la máquina y, con una sonrisa en los labios, tipeó:

 

FIN

 

Viejo cuento incluido en De sabios, novios, ángeles, comunistas y otros seres mitológicos.

Anuncios