A veces sueño, pero en el sueño no soy protagonista. Apenas un testigo, una cámara que registra lo que hacen otros.

Pero esos otros no son, como suele ocurrir, las presencias de familiares y amigos, o esas mixturas extrañas en las que, por momentos, quien te acompaña es tu hermano y al instante, sin que en el sueño cause ninguna sorpresa, ese mismo acompañante es ahora un amigo del secundario, o mamá, o el tío, o la compañera de la facultad. No es eso.

Los otros son totales desconocidos, gente que no sé de dónde salieron y que en la propia trama de la ensoñación no tienen ningún vínculo conmigo. Al despertar, más tarde, tampoco voy a ser capaz de asociar esos rostros con alguien familiar (ni un kiosquero, ni la cajera del supermercado, ni los pasajeros del tren con los que conicidí cada día). No son nadie, nadie que conozca; y sin embargo están ahí, encabezando el reparto.

En ocasiones, durante el sueño mismo, abandono el rol de observador pasivo e increpo a los ignotos: “¿Qué hacen en mi sueño?”. Y ellos, entre la sorpresa, la contrariedad y el miedo, solo atinan a agachar la cabeza, a esconder la mirada y a buscar una salida elegante. Mutis por el foro. Entonces despierto y me quedo pensando sobre lo que acaba de ocurrir. Normalmente no llego a nada: el cansancio me vence y vuelvo a dormirme (esta vez sin sueños, o con los sueños habituales).

Pero hoy, ante la última expresión de tristeza del intruso descubierto, llegué a una conclusión: esos desconocidos son los protagonistas de sueños perdidos, que buscan un hogar como los perros abandonados. Son los sueños del insomne; o los de un alma atormentada que ha sido invadida por las pesadillas; o del estresado individuo de ciudad que, atosigado de psicofármacos, ha perdido la capacidad de soñar.

De modo que, aunque sea solo por una noche y de mala gana, yo les doy cobijo.

 

Foto: Sombras y reflejos