Solía ser un objeto valioso, preciado e imprescindible. No por cotidiano, gastado, arrugado, manoseado (y a veces denostado) dejaba de ocupar un espacio preponderante en la mochila o el bolsillo interior de algún abrigo, a salvo de la lluvia, de hurtos o descuidos. Siempre a mano, porque al salir de casa uno nunca sabía a dónde iba a parar (o de dónde tendría que volver).

Hoy es un vestigio de papel, prehistoria del GPS, reliquia inútil a todos los efectos: ya no vivo en la ciudad que dibujan sus planos; y aunque así fuera, esa ciudad ya no es la que recogen sus páginas.

Ahora, despojado de toda función, ocupa espacio en la biblioteca, junto a una antología de cuentos y alguna novela ambientadas en aquella misma ciudad, pero en tiempos anteriores a sus mapas. Quizás deba el honor a que su enrevesada codificación del transporte público encierra, a su vez, una historia (o muchas historias superpuestas: las de los recorridos realizados y las de los lugares en donde nunca puse un pie; la de la errata en un trayecto y la del fallo en el dibujo; la del día en que me sacó del infierno, o me llevó a una calle sin salida; la historia de la ciudad, capturada en una instantánea).

A veces abro sus páginas y me pregunto qué hacían esas calles circulares en un trazado tan cuadriculado; o cómo esas líneas finas y negras del ferrocarril pudieron dividir barrios y vidas; o porqué cambiaba tanto el acento de las personas al cruzar apenas una avenida. Otras veces, mezclando sueños y recuerdos, ya no veo las veredas que pisé, sino una tierra de fantasía, un lugar tan ilusorio e imaginario como los bosques de los elfos, los ríos de las náyades, las cuevas de los dragones; un espacio abierto al delirio y la fabulación, un atlas antiguo con monstruos en sus confines.

En cada mudanza, le llega la misma pregunta: ¿para qué quiero esto? Cuando todo argumento racional parece indicar el camino de la basura, interviene algo (la lealtad al viejo servidor, el alma oculta de las cosas) que le perdona la vida hasta nuevo aviso. Y en una mañana de lluvia, justifica su existencia (y persistencia) evocando alguna forma de melancolía.