El veterano artista abandona la Sala Uno del estudio de televisión donde acaba de grabar una entrevista. Tropieza con un asistente de cámara mientras tironea del cable para desenredar el micrófono corbatero, que se aferra a su camisa negra como una serpiente constrictora. Después arroja el pequeño dispositivo al primero que encuentra en su camino (no mira si es técnico, público o figurante), resopla, evita ojos extraños y acelera el paso para huir de aquel laberinto; entonces, entre una multitud de personas agolpadas en un pasillo, divisa al amigo que lo estaba esperando para llevarlo a casa.

—No lo puedo creer. Todo el puto rato preguntándome por el Fulano ese —el artista parece ladrar a su amigo.

—¿Qué Fulano? —pregunta el otro, distraído en busca de la salida.

—Eso digo yo, ¿qué Fulano? ¿Quién es? —se enfurece más el artista.

—No lo sé, no sé de qué estamos hablando —insiste el otro, mientras se abre camino por pasillos cargados de gente, cables, equipos y atrezo.

—Yo le pregunté al imbécil del presentador: «¿Qué Fulano?». Y todo el mundo se reía —refunfuña el artista—. Al principio pensé que era una broma, que se trataba de un personaje absurdo de este programa; creí que se reían conmigo, como si te preguntan por un elefante rosa que está volando en el estudio y que, obviamente, no está ahí. Imaginé que era parte de un juego divertido y que me iban a explicar el chiste a continuación. Pero después, cuando no había aclaración y las risas seguían, y el imbécil del presentador ponía cara de imbécil (de más imbécil) e insistía e insistía con el Fulano ese, me di cuenta de que era una risa cómplice, entre el presentador y el público, como diciendo: «Miren a este marciano, que no conoce a Fulano».

El otro dice pausado, sin verdadero interés en la conversación:

—¿Pero quién es ese Fulano, cuál era el chiste? —y ensaya una sonrisa para restarle importancia al enfado de su amigo.

—¿¡Y yo qué sé?! Parece ser que esa era la gracia. Lo conocían todos menos yo —grita el artista al atravesar el vestíbulo del canal.

—A ver… —se detiene el otro, cansino; saca su teléfono móvil del bolsillo con parsimonia y teclea una búsqueda— Es este —dice a continuación, mostrándole la pantalla al artista.

—… —el artista se queda sin palabras y lee, o mira las fotos.

—¿Te dice algo? —pregunta el amigo.

—¿¡Y quién mierda es este coso!? —vuelve a estallar el artista.

—Acá dice que es un creador viral, o algo así —explica el amigo, concentrado en el aparato.

—Hoy en día cualquier desconocido es famoso —el artista improvisa un oxímoron.

—Empezó subiendo videos, se hizo conocido, una empresa grande le firmó un contrato y ahora está todo el rato en los medios: diarios, radios, televisión… —continúa leyendo el otro.

—O sea: un idiota con suerte. Un inútil con plataforma de lanzamiento —se ofende el artista.

El otro guarda el teléfono, suspira y se queda mirando al artista en mitad del vestíbulo. Después hace una mueca cansada, lo toma del brazo y lo arrastra en silencio hasta el vehículo.

 

Una vez dentro, habla pausado:

—¿Un inútil con plataforma? Puede ser, pero… ¿quién no necesita un poco de ayuda para alcanzar el estrellato? Y algo de suerte, y carisma, y estar en el lugar apropiado en el momento apropiado… —bromea el amigo.

—Vamos a ver, si yo no conozco a ese Fulano, es porque no es nadie —interrumpe el artista, categórico.

—No. Es porque no ves la televisión, ni los diarios ni nada. Estás en una burbuja —reprocha el amigo sin perder la sonrisa, para después matizar: —Estamos en una burbuja. Yo tampoco sé nada, pero porque no me interesa.

—Precisamente porque hoy en día está todo lleno de idioteces e inútiles como ese, inflados artificialmente por las grandes compañías, que son las dueñas de todo y te meten su porquería hasta en la sopa —se defiende el artista.

—Y se olvidan de llamarte… —se ríe el amigo—. Vamos, no me seas resentido…

—Es verdad, es así, se olvidan de los que realmente hacemos algo, y nos aburren con estas bazofias intragables, estos mequetrefes dóciles, advenedizos manipulables, bolsas de humo prefabricadas, reproducciones computarizadas, puro márketing, puro márketing… —el artista se queda sin aire.

—Un momento, un momento… ¿Pero cómo vas a saber si algo que no viste nunca es bueno o es malo? ¿Cómo vas a juzgarlo si no le das una oportunidad, si está descartado antes de conocerlo? —plantea el otro, apelando a la calma.

—Es que no necesito ver algo para saber que es malo, que es un producto sin alma ni sustancia. Yo soy un creador, sé de lo que hablo —se ufana el artista— Si Fulano fuera realmente bueno, si de verdad mereciera la fama que tiene, ya habríamos oído hablar de él mucho antes. Incluso lo habríamos descubierto nosotros.

—¿En serio? —suelta el amigo con una mueca sarcástica antes de arrancar.

 

El vehículo sale del estacionamiento y se mete en la ciudad. El artista tiene los ojos, inyectados de odio, clavados en su amigo, que conduce atento al tráfico.

—En serio qué —escupe el artista.

—¿Te suena tu primer contrato? —contrataca el otro, como al pasar— ¿Tu primera gran aparición en público?

—¿Qué tiene que ver? —se extraña el artista.

—¿Dónde estarías ahora sin el apoyo de las grandes compañías? —cuestiona el otro.

—No mezcles, no me mezcles con ese Fulano. Antes teníamos talento, algo que mostrar… El Fulano este, y todos los que son como él, no saben nada de nada, son puro producto de diseño, sin personalidad, títeres de la industria… —se ofende el artista.

—¿En serio? –repite el otro, ahora menos risueño— Si no fuera por ese primer contrato, y los que siguieron, no te habrían invitado hoy a esta entrevista, por ejemplo. Que, dicho sea de paso, es parte de tu contrato… —desarrolla el amigo.

—¿¡Me estás tomando el pelo?! —estalla el artista.

—Para nada —le contesta el otro relajado—. ¿Cómo se puede saber cuánto influyó en tu carrera el talento (tu supuesto talento) y cuánto la publicidad que te hicieron? —desafía y redobla la apuesta: —¿Y si tu caso es el mismo que el de Fulano? ¿Y si no hubieras tenido suerte y siguieras en la mesa de un bar, pobre y medio borracho, creando obras que nadie iba a conocer, igual que muchos talentosos de tu generación? ¿Y cómo se puede saber si este Fulano tiene algo o solo es una creación de la publicidad? ¿Y si…?

—Quieto ahí. No es lo mismo, yo… Nosotros… En mi época… —balbucea el artista.

—En nuestra época jugaban todos a la lotería, esperando tener el número ganador para saltar a las multinacionales, a las revistas… —recuerda el amigo. Mira al artista unos segundos y adopta la actitud de un padre, o de un tío bonachón: —A ver, el cinturón, siempre se te olvida —ordena.

 

El artista se abrocha el cinturón de seguridad y se queda meditabundo, la mirada perdida en el horizonte de automóviles. Deja pasar un minuto y vuelve al ataque:

—Lo que pasa es que estás envidioso. Lo más cerca que vas a estar de la fama es ahora, sentado a mi lado. Eso te pasa. De ahí tu defensa a estos inventos de la prensa.

—Ahá… —continúa el otro conduciendo— Debe de ser eso.

—¿O te vino ahora la aspiración de fama y fortuna? No me digas que se te dio por soñar con hacerte youtuber o influencer o lo que sea el Fulano aquel… —arremete el artista.

—¿Para qué, si ya soy chofer de celebrities? —se burla el otro.

—Más te vale que sepas moverte en las redes sociales o esas historias, porque si necesitaras creatividad, carisma… Vas frito –sentencia el artista.

—No te preocupes, tengo un amigo artista que… —sonríe nuevamente el otro.

—Qué mala es la envidia, qué mala es la envidia… —bufa el artista.

—Eso digo yo –remata el otro, antes de inaugurar el silencio.

Foto: Ventanas