Va pasando despacio, sin que te des cuenta, de a poco: un día perdés interés por el noticiero; otro, dejás de escuchar los hits del momento; y después ya no sabés quién ganó el Oscar a mejor dirección en el último año.

De pronto descubrís que la tecnología te superó, que no entendés qué quieren hacer los otros en lugar de llamarte por teléfono. Y te deja perplejo que, en el banco, el cajero cave su propia tumba ordenándote que operes con esa máquina incómoda que está ahí a la entrada, al chiflete del invierno y a la vista de los ladrones.

También te desengañás de la política, o de tus políticos (ya no me engañan más, te decís), y no le das más pelota. Porque ya no portan las promesas soñadas de soluciones deseadas (aunque solo sean promesas nacidas para incumplirse), sino que hablan de mundos desconocidos, de enemigos imaginarios, de fantasías recicladas en mitos antiguos.

Te estás haciendo viejo, es lo primero que pensás; el universo evoluciona y vos te quedaste atrás, anclado en una parcela de espacio y tiempo. Pero no es eso: hay gente mayor que vos que se lleva muy bien con la moda, las noticias, las crisis y los nuevos artefactos. No es un tema de edad. Es cansancio. Es hartazgo del mundo en general, un mundo que cambia para poder repetirse eternamente. Te da la sensación de que ya no podés seguir adaptándote a esos cambios porque descubriste el patrón que se calca de uno al otro, y es como empezar de nuevo cada vez. Y cansa.

Tenés la sensación de asistir a una partida de ajedrez interminable; o, mejor dicho, a una sucesión interminable de partidas de ajedrez, donde a la larga se ven siempre las mismas combinaciones (las aperturas, el medio juego, los mates); a la dama negra de la primera partida le diste un nombre y una historia, pero ¿quién recuerda qué fue de la misma pieza en la partida número doscientos treinta y cinco? Y el alfil blanco, héroe del cuarto encuentro, ¿cuántas veces repitió la gesta, cuántas fue devorado nomás al empezar, cuántas veces quedó anulado en un rincón del tablero?

No es vejez, no es el mero paso del tiempo. Es la experiencia, el reconocer en lo nuevo, en aquello que se proclama revolucionario e inaudito, la forma y el fondo de lo ya visto, lo ya oído, lo ya vivido. Es la conciencia de que solo la amnesia, el olvido, puede celebrar como innovación un renacer de lo muerto.

No es vejez. Es la memoria y la mente que no pueden evitar establecer relaciones. Es una tarea incesante de los sentidos conjurados con los recuerdos para hacer de cada nuevo estímulo una fotografía del pasado.

Va pasando despacio, sin que te des cuenta, de a poco. Un día descubrís que no puede haber peor infierno que ser inmortal.

Foto: Ajedrez (caballos)