El tipo tenía pinta de ex boxeador, con la nariz grande aplastada contra la cara. Peso pesado, todavía musculoso bajo una camiseta blanca sin marcas ni inscripciones. Se notaba que supo tener más pelo, pelirrojo, colorado, pero que ahora lo abandonaba: un peinado raya al costado, corto, resistía el poderoso avance de la frente. Los ojos verdes vivían en sombras bajo los prominentes arcos superciliares, bordeados de ojeras moradas, como si nunca se hubiese repuesto por completo de los últimos puñetazos.

Fumaba un tabaco asqueroso, apestoso, un canutillo arrugado y marrón que exhalaba un humo blanco, parecido al de la hierba húmeda. Mal afeitado, con las patillas a medio camino, el gesto serio, casi enfadado, el mentón enorme que enmarcaba la boca grande de homínido, todo hacía suponer que no hablaba, sino que gruñía. Me dio la impresión de ser un troglodita, ignorante, prepotente, violento, una criatura rancia emergida de algún infierno prehistórico.

No me gustaba compartir la pequeña salita de espera con él, pero no había más remedio. Ni siquiera podía abstraerme de su imponente presencia neandertal parapetándome tras el teléfono móvil, sin batería. Estaba condenado a verlo, con sus rodillas a escaso medio metro de las mías, pasillo mediante. Aunque fingía distraerme con el helecho de plástico, el cartel viejo sobre las enfermedades de contagio sexual o los dibujos de las baldosas, era imposible no detener la vista, de tanto en tanto, sobre ese rostro amenazante.

Me hubiera gustado decirle algo del cigarrito (que lo apagara, principalmente), pero no hacía falta ser un científico nuclear para imaginar lo que seguiría a continuación de cualquier comentario. Además, el tipo parecía sumido en sus pensamientos («¿piensa? », pensé), como si rumiara una idea fija, como si la aferrara con todas las neuronas disponibles para evitar que se le escapara. Me dije: «Como lo distraiga…» y no quise seguir explorando lo que esas manazas podían hacerme.

Así que ahí estábamos los dos, en espera, cuando él abandonó de pronto su meditación, abrió una mochila que tenía junto a las piernas y sacó un termo plateado; de una bolsita afloró un mate ensillado, al que humedeció con un poco de agua fresca que tenía en una botella de plástico; después le volcó el agua caliente del termo y sorbió despacio, con ruido al final, mientras el cigarro seguía encendido a un lado de la boca. «Qué asco, cómo puede…», volteé la vista para evitar el disgusto. El tipo, mientras, se movía firme y tosco, muy concentrado en la operación de cebar mate, de inclinar el termo sobre la yerba y verter el agua con paciencia junto a la bombilla, como si tuviera que pensar cada paso y asegurarse de que lo hacía bien.

Yo lo observaba de reojo, sin darme cuenta de que lo observaba. Estaba tan abstraído del mundo, tan enfocado en intentar comprender cómo semejante bestia era capaz de manipular con habilidad suficiente los instrumentos sofisticados que la civilización había puesto en sus pezuñas, que no me percaté de mis acciones y fui girando hacia él lentamente, hasta enfilarlo con todos los sentidos.

El hombretón, entonces, me miró desde abajo, con esos ojos verdes refulgiendo desde su cuenca de penumbras, el ceño fruncido, el gesto desafiante; me paralizó con la mirada, me dejó en suspenso, preparado para lo que seguiría: un insulto, un reto, una amenaza, un escupitajo, un grito, una afrenta, un puñetazo. Después volvió la vista al mate y, con las órbitas ancladas al movimiento de su brazo, rotó despacio hacia mí para, a continuación, posar de nuevo sus pupilas en mi rostro pálido. Su monstruosa zurda se elevó lo justo empuñando la infusión verde y caliente.

«¿Querés un mate, pibe?», me ofreció.