El edificio, de afuera, parece tomado (okupado). Su arquitectura monolítica y austera, que vivió tiempos mejores, muestra ahora un estado de semiabandono, con graffiti, carteles mal pegados, excrementos de paloma, rajaduras y marcas de óxido y humedad. En la puerta, unas improvisadas pancartas pintadas sobre madera, cartón o papel afiche, coleccionan ingeniosas y bienintencionadas sentencias sobre un mundo mejor o las ventajas de la «lucha» social —«lo único que se construye desde arriba son los pozos», reza una; «quien no se mueve no siente las cadenas», dice otra—. Sobre la puerta principal, unas letras de pretensiones sólidas indican que ahí está la FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES; aunque parece un nostálgico vestigio del pasado antes que una indicación para el presente.

Traspasando el portal, el escueto hall no parece la antesala de una casa de estudios (quizás porque no fue pensada como casa de estudios) sino que, más bien, asemeja el escenario de una guerrilla urbana, de un combate casa-por-casa, donde cualquier elemento cotidiano sirvió para construir un parapeto, una trinchera, una barricada: armarios desvencijados, apropiados por la sigla de alguna agrupación política, con gruesos candados para custodiar panfletos, yerba y algún termo, se amontonan a los lados junto con mesas, sillas y enormes tablones de madera que se convertirán en obstáculos propagandísticos en cuanto comiencen las clases.

Bajo una lúgubre luz blanca, la humedad y la mugre se aferran a los rincones del mismo modo que los estudiantes-militantes se anclan a sus conquistadas posiciones, lo más cerca posible de la entrada, paso obligado de los alumnos y sitio propicio para aleccionar con ventaja a los congéneres. Un destacamento permanente por cada agrupación, haya o no haya clases, se apersona desde el primer día en que la facultad reabre sus puertas, sabedores de que cualquier descuido, cualquier viaje a Sevilla, puede ser irreversible.

Un guardia de seguridad gordinflón toma mate con alguien de bedelía, mientras sus oídos confunden las palabras de El Loco con el sonido del tráfico: flaco, sucio, en ojotas, con movimientos nerviosos, sosteniendo un vasito de telgopor con una pajita de gaseosa y un poco de Nobleza Gaucha antediluviana, El Loco recita sus opiniones sobre Ortega y Gasset, o sobre el estructuralismo francés, o sobre algo que parece tener que ver con la Filosofía; y lo comenta con la nada, con el aire, o con aquel que lo mire detenidamente por más de tres segundos. Y luego se mueve de un lugar al otro, y entra a la Mesa de Entradas, y se detiene, y continúa hablando, y sale y se sienta, y se para, y se pierde escaleras arriba.

Las escaleras están empapeladas. Anuncios de fiestas, de marchas, de protestas, de charlas, de conferencias, de ciclos, de eventos, de cursos, de huelgas, de consignas. Un permanente y confuso reclamo de atención se asienta en las paredes, las barandillas, colgando a través del hueco, e incluso hasta en los escalones. Y así, envuelta en letras impresas, la espiral conduce a despachos y aulas.

Las aulas se desparraman en las antiguas salas del Instituto de Maternidad, con el material mínimo e imprescindible para dar clases: bancos y un pizarrón (y alumnos y profesores). Las dependencias administrativas están desperdigadas, como si sus ubicaciones hubieran sido planeadas para propiciar un paseo turístico —o quizás se trató de una jugada bélica para no centralizar el mando en un mismo espacio—: Tesorería, primer piso, al fondo del pasillo; Departamento de Alumnos y de Títulos, segundo piso por la escalera principal; Mesa de Entradas, planta baja, a la entrada. En el Departamento de Alumnos siempre hay cola, pero no hay espacio para ella. La reducida ventanilla de atención al público se desborda permanentemente, como un río de cauce pequeño en una tormenta tropical. Si hace calor, se consigue la perfecta combinación de largas horas de pie, falta de ventilación, amontonamiento, sudor, humedad… Uno solo quiere salir de ese infierno, de ese Vietnam de hormigón.

Al menos eso suele sentir quien pisa ese edificio por primera vez, recién salido del colegio secundario, atormentado por los papeleos y las legalizaciones y el retire acá, lleve allá, selle ahí, traiga acá, pague allí, vuelva acá, complete esto, rellene aquello, regrese mañana. Pero el asunto no merma, porque después vienen las primeras clases, la sorpresa del hacinamiento, la novedad de tener que disputar como linyeras en invierno un miserable lugar en el suelo para poder seguir al profesor y tomar algunos apuntes; y eso sin contar con el insoportable runrún de Marcelo T. de Alvear y las bocinas de autos, taxis, colectivos; las goteras en los días de lluvia; la iluminación pálidamente artificial en esas agotadoras comisiones del práctico los jueves a las diez de la noche; las interminables esperas para comprar apuntes en la monopólica fotocopiadora del Centro de Estudiantes; las huelgas, las tomas, las clases abiertas, las asambleas… La lucha para luchar por el derecho a luchar por la lucha.

Ahora, silencioso, en vísperas del nuevo ciclo lectivo, el edificio de la facultad está aplastado por ese silencio que probablemente antecede y sucede a todas las batallas: un silencio con ecos fantasmagóricos, con murmullos incoherentes producidos por el miedo o la desesperación.

Quien sale y atraviesa la puerta por (pen)última vez, es invadido por la extraña sensación del superviviente: entre la niebla de la pólvora, los escombros, los que agonizan y los cadáveres, uno sale tambaleándose pero victorioso, con una extraña mezcla de orgullo y deseos de no volver nunca más a pisar aquel suelo desdichado.

Foto: Facultad de Ciencias Sociales (UBA), Edificio de calle Marcelo T. de Alvear (Ojota).