El parque infantil está desierto. Son las cinco en punto de la tarde, cielo poco nuboso, temperatura dieciocho grados centígrados, sensación térmica veinte grados. Pero el parque está desierto.

Tantas veces imaginé este momento: nada de gritos agudos; nada de bullicio ni peleas; nada de padres y madres negligentes sembrando tempestades sin la recompensa de una fractura, de un corte profundo, o de una lesión permanente.

Nadie, solo juegos vacíos, los pájaros (cada vez más atrevidos, cada vez más dueños de la ciudad), las cintas de policía y la basura que arrastra el viento.

Es un sueño, o así lo parece. Un paisaje onírico, irreal. Aquel espacio de encuentro, superpoblado con puntualidad inglesa, viste ahora las ropas nuevas de una catástrofe nuclear. Así empieza el abandono, pienso. Así son los primeros instantes del fin del mundo.

En la radio dicen que es temporal, que son medidas extremas, que todo volverá a la normalidad. Es un respiro, explican, un descanso, una bocanada profunda y prolongada; una pausa en la carrera. Aún se va a poner peor, aclaran, habrá más miedo e incertidumbre: habrá crisis. Pero en algún momento terminará. «Mejorar», dicen. Todo va a mejorar. Como si hubiera algo mejor que este silencio, esta tranquilidad.

El tiempo está detenido en una madrugada de invierno, en un domingo por la mañana, antes de que la gente, ellos, los de afuera, empiecen sus ruidosas rutinas. Da igual lo que digan los relojes, las señales horarias, o esos segunderos inquietos que giran sobre sí mismos como locos en su encierro: vivimos en un despertar eterno, un crepúsculo sin fin. Persiste solo la lógica de los olvidados, de los extraordinarios, de los perdidos: almas solitarias en calles vacías que demandan una historia o una explicación para esas horas y esos andares.

Siguen hablando en los altavoces, sobre lo normal y la normalidad, sobre la excepción y sus cifras: casos, tiempo, dinero, y vuelta a empezar. Expertos que contradicen a otros expertos, pronósticos alarmistas y esperanzas infundadas. Bajo el volumen.

Desde mi ventana no veo a los muertos que cuentan las noticias. Pero veo a La Muerte. Elegante y discreta, parece un niño solitario y aburrido: a veces persigue a un hombre o a su perro; otras, roba un pellizco de pan a la anciana de arraigadas costumbres. Sopla el humo del fumador en su ventana, imita el sonido de sirenas a lo lejos, espanta a las palomas huérfanas de proveedores. Juega en las puertas de toda la manzana: presiona un timbre al azar y luego corre de puntillas a esconderse bajo el soportal de la casa siguiente.

Pero sobre todo se detiene en el parque.

Ese parque que aborrecí mil veces, desde el día en que transformaron el solar vacío en un campo de batalla para rapaces. Talaron el viejo cerezo, limpiaron la maleza, dejaron sin escondite a los gatos callejeros y montaron estructuras de colorinches sobre baldosas de caucho. Borraron la decadente paz del baldío, mi oasis verde en el hormigón gris, y trajeron la estridente algarabía de los inconscientes.

Cuando el viento se filtra entre los edificios, La Muerte se sienta en una hamaca y se balancea despacio, pensando; o deja caer unas hojas secas por el tobogán, con curiosidad científica; o enreda un poco más la cinta que alguien olvidó atada en el tiovivo, esperando ver surgir una forma ocurrente. Divertimentos suaves, callados, propios de un crío melancólico, demasiado triste para su edad. Como si hubiera estado esperando su oportunidad, con paciente estoicismo, aguantando los empujones, los golpes y los desahucios de otros mocosos hasta contar, por fin, con todo el parque para sí, para sus juegos tan distintos de las correrías salvajes: el milagroso balanceo del subibaja, la perspectiva cambiante en el ascenso a la cúpula de barrotes, la música en los chirridos de engranajes oxidados…

Pero no es un niño. Es La Muerte degustando parcelas de cotidianidad que le están vedadas, un intruso fuera de lugar: el polizón en un crucero de lujo, el impostor en un club privado, el presidiario en libertad.

Quizás es el tramoyista fracasado que sueña con ser actor y que, tras la función, recita unas líneas sobre el escenario vacío para un auditorio de butacas frías. O la anciana que canturrea contra su viejo cepillo, imitando a escondidas los ademanes de la diva que jamás podrá ser.

Desde la radio vuelven a incidir en que todo es pasajero, que un día más es un día menos. Dicen, sin mencionarla, que La Muerte acabará por despojar al mundo de este manto de quietud con que lo cubre y se replegará sigilosa a sus madrigueras habituales. Que volverán los motores, las clases, los ciclistas y corredores, el alcohol de medianoche, las horas del día, las pausas de café, los sábados, los gritos de gol, los cines y teatros, la algarabía del parque.

Apago la radio.

La miro desde mi ventana. Juraría que la oigo respirar entre el piar de los gorriones. Quisiera que me viera, que me guiñara uno de sus ojos vacíos en señal de complicidad, de entendimiento. Quisiera rogarle que prolongue para siempre este sosiego, que se quede un rato más, que no me deje tan pronto.

O que, si no, cuando vuelva silenciosa a sus sombras, me lleve con ella.