El gato duerme. Se enrosca en un rincón del sofá, encima de una repisa, debajo de las hojas de una planta (sobre la tierra de la maceta), entre las sábanas enredadas de una cama sin hacer. Y duerme.

De vez en cuando despierta y, cansino (palabra creada para explicar el andar felino) se mueve hasta su cuenco de comida, o ensucia y escarba la arena de su caja, o se estira y (acaso) corre un poco por los pasillos con una cadencia de ejercicio rutinario. Después de todo eso, vuelve a dormir.

Horas y horas duerme. El grueso de su día (y gran parte de la noche) se lo pasa tumbado, ovillado o despatarrado, pero durmiendo. A veces respira agitado, o profiere sonidos que parecen maullidos susurrados, o sacude una patita en breves espasmos, o le tiemblan los bigotes y las orejas, o chasquea la lengua como lamiendo el aire. Entonces sabemos que sueña.

Quizás sueña con que, por fin, atrapa a esos pájaros que lo importunan en la ventana, siempre cobardes, lejos, detrás de la reja o el cristal. O tal vez sueña con su mamá gata y sus hermanos, bolitas peludas de calor, la leche tibia y el arrullo de sus motorcitos al ralentí.

O también, por qué no, sueña con que es un semidiós, una criatura enorme y poderosa al comando de un ejército imperial en un mundo antiguo y legendario, donde se enfrenta en luchas sin cuartel a otras deidades y a monstruos alados, a peligros y a hechizos, en una aventura interminable de hazañas y amenazas.

Y en ese sueño (en los breves e insuficientes momentos de reposo que el héroe araña después de cada batalla) el semidiós sueña a su vez con que es un gatito que come, rasca la arena, se despereza, corretea y finalmente duerme. Sobre todo duerme.