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Señales de Humo

Murmullos de un pirómano

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Florida Festival

El Florida Festival es una cita ineludible de cada verano. Su origen se remonta a 2008, cuando los músicos Diego Glombovsky y Matías Saturnini inauguraron el escenario principal con su dúo de guitarras y voces versionando a Simon & Garfunkel, Pedro y Pablo, Bob Dylan y Silvio Rodríguez, entre otros.

«El festival surgió con la crisis, ante la necesidad de buscar nuevos acercamientos al público, explorar otros canales diferentes a los circuitos habituales», explica Saturnini. «Quisimos recuperar los orígenes de la música y su interacción con la gente, su componente popular, lo que aprendimos en la calle», añade Glombovsky. Seguir leyendo “Florida Festival”

Reiteración

Va pasando despacio, sin que te des cuenta, de a poco: un día perdés interés por el noticiero; otro, dejás de escuchar los hits del momento; y después ya no sabés quién ganó el Oscar a mejor dirección en el último año. Seguir leyendo “Reiteración”

Recuerdos

‒Hola, ya volví.

‒Hola, ¿cómo fue?

‒Bien. Me lo encontré a Calixto. Te manda recuerdos.

‒¿Qué Calixto?

‒El señor de acá a la vuelta.

‒Ah, el jubilado del abrigo azul… Seguir leyendo “Recuerdos”

La paja en el ojo ajeno

El veterano artista abandona la Sala Uno del estudio de televisión donde acaba de grabar una entrevista. Tropieza con un asistente de cámara mientras tironea del cable para desenredar el micrófono corbatero, que se aferra a su camisa negra como una serpiente constrictora. Después arroja el pequeño dispositivo al primero que encuentra en su camino (no mira si es técnico, público o figurante), resopla, evita ojos extraños y acelera el paso para huir de aquel laberinto; entonces, entre una multitud de personas agolpadas en un pasillo, divisa al amigo que lo estaba esperando para llevarlo a casa.

—No lo puedo creer. Todo el puto rato preguntándome por el Fulano ese —el artista parece ladrar a su amigo.

—¿Qué Fulano? —pregunta el otro, distraído en busca de la salida.

—Eso digo yo, ¿qué Fulano? ¿Quién es? —se enfurece más el artista.

—No lo sé, no sé de qué estamos hablando —insiste el otro, mientras se abre camino por pasillos cargados de gente, cables, equipos y atrezo. Seguir leyendo “La paja en el ojo ajeno”

“T”

Solía ser un objeto valioso, preciado e imprescindible. No por cotidiano, gastado, arrugado, manoseado (y a veces denostado) dejaba de ocupar un espacio preponderante en la mochila o el bolsillo interior de algún abrigo, a salvo de la lluvia, de hurtos o descuidos. Siempre a mano, porque al salir de casa uno nunca sabía a dónde iba a parar (o de dónde tendría que volver).

Hoy es un vestigio de papel, prehistoria del GPS, reliquia inútil a todos los efectos: ya no vivo en la ciudad que dibujan sus planos; y aunque así fuera, esa ciudad ya no es la que recogen sus páginas. Seguir leyendo ““T””

Sueños hospitalarios

A veces sueño, pero en el sueño no soy protagonista. Apenas un testigo, una cámara que registra lo que hacen otros.

Pero esos otros no son, como suele ocurrir, las presencias de familiares y amigos, o esas mixturas extrañas en las que, por momentos, quien te acompaña es tu hermano y al instante, sin que en el sueño cause ninguna sorpresa, ese mismo acompañante es ahora un amigo del secundario, o mamá, o el tío, o la compañera de la facultad. No es eso. Seguir leyendo “Sueños hospitalarios”

Labores de limpieza

Velázquez entró en el despacho acristalado donde un joven ejecutivo (o un ejecutivo de apariencia juvenil) con impecable camisa blanca entallada, corte de pelo engominado y cejas depiladas, esperaba de espaldas mientras miraba al horizonte de la ciudad, ese que solo es visible desde las grandes alturas.

—Sentate, Velázquez —dijo el ejecutivo, con la mirada perdida en la lontananza pero atenta al reflejo de quien acababa de llegar; después agregó:— Cerrá, por favor. Seguir leyendo “Labores de limpieza”

Puertas

Cada puerta es una vía de escape hacia otra estancia de la que querremos escapar. Cada huida es una oportunidad de verse atrapado en una celda sin salida.

La luz que ciega, las sombras que ocultan, las rejas abiertas de par en par (o cerradas con pesados candados) señalan caminos confusos, invitan a pasajes misteriosos, guían con señales ambiguas en un laberinto de ilusiones ópticas.

Y nosotros avanzamos, giramos, entramos y salimos a la vez, con la esperanza de concluir la fuga en algún espacio infinito.

Foto: Puertas.

El reloj

El reloj tenía grabados en su tapa un fénix y un dragón. El fénix impulsaba las inquietas manecillas en su movimiento continuo; el dragón ordenaba el universo en un dial de doce números. Ambos convivían entre engranajes delicados y sonidos acompasados, sin más pretensiones que acompañar a la eternidad. Pero el hombre, que daba cuerda e interpretaba los signos, aspiraba a controlar el tiempo.

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