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Señales de Humo

Murmullos de un pirómano

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Nuevo libro: ‘Códigos de barra’

Alrededor de una mesa en el bar de Manolo, el Gallego, una barra de cinco amigos debate sobre los grandes temas de la humanidad (como el amor, la verdad, los sueños, el poder, el fútbol y las papafritas).

Y en otra mesa, más apartada y solitaria, un tímido y enigmático escritor recoge sus impresiones sobre el mundo y la vida en un cuaderno anillado de tapas amarillas.

Estas son las líneas de apariencia anárquica y heterogénea, gruesas y finas, que conforman los códigos de barra. Seguir leyendo “Nuevo libro: ‘Códigos de barra’”

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“r”

El escritor se sentó ante la máquina de escribir, cargó el papel, posó sus dedos sobre las teclas y se sintió dispuesto a narrar. De inmediato lo invadió el miedo, pero no el famoso temor a la hoja en blanco: a él siempre le surgía algo. Es más, tenía cierta probada habilidad para empezar a escribir cualquier cosa de cualquier manera, con un débil plan en la cabeza, y cambiar sobre la marcha hacia otra idea que le gustara más, sin que ello perjudicara en lo más mínimo su relato. Su oficio era escribir, y él escribía: obras excelentes, cuentos sutiles, historias novedosas, tramas complicadas; a veces simplemente tecleaba una caterva de palabras que a él le parecían desagradables, pero que publicaba como las demás. No sentía ningún tipo de límite ético respecto de su obra, no era de esos que jamás podrían permitir la publicación de una pieza a la que ellos mismos calificasen como “horrible”; al contrario, en el fondo pensaba que siempre habría alguien a quien le iba a agradar lo que narraba. Y fin de la historia. Seguir leyendo ““r””

Alto, ancho y espesor: fútbol, literatura y política

Por Bernhard Villuanueva
periodisto y fantasma de la B.

“Hay que ser ancho para ser profundo”, repetía una y otra vez Ángel Cappa, repitiendo lo que solía repetir César Luis Menotti.

Muchos han encontrado en esta apreciación, en esta fórmula, una explicación sucinta de la propensión a escribir novelas de mil páginas o ensayos interminables: a mayor grosor[1] del libro, traducen, más hondo y trascendente su contenido; suponen que, por ejemplo, hay más sabiduría en el Ulysses de Joyce o El Ser y la Nada (o El Ser y la nada; o El ser y la nada; o El ser y la Nada) de Sartre que en un haiku o un koan zen, o que en los Cuentos breves y extraordinarios con los que se (nos) divertían Borges y Bioy Casares. Seguir leyendo “Alto, ancho y espesor: fútbol, literatura y política”

Fantasmas de la madrugada

Ocurre cuando te levantás temprano. Cuando el despertador te arranca del sueño y te encontrás en una habitación solitaria, silenciosa, iluminada por la mínima lamparita de un velador. Afuera es todavía de noche o, a lo sumo, se ve un resplandor grisáceo que anuncia la inminente llegada del amanecer.

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Gemelos

No sabía decir cómo

No sabía decir cómo, pero la poesía no era lo suyo porque no sabía decir cómo. Si solo se hubiese dado cuenta de que para ser un poeta bastaba con la idea, la palabra y la forma, habría llenado hojas y hojas de poesía. Si hubiera sabido a tiempo que a veces basta un salto de línea para dar otra perspectiva a todo, habría sido un poeta. Pero no sabía decir cómo.

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Lo que es la vida

Imagine que usted es un organismo unicelular que vaga a la deriva por un océano primitivo.

No, no, no. No empiece a recrear en su mente una suerte de placentera excursión en velero; ni siquiera deje que se le atraviese su propia imagen haciendo la plancha en una pelopincho. Recuerde que es una especie de ameba, sin cerebro ni sistema nervioso, sin placer ni dolor; usted es una pequeña maquinita de fagocitar moléculas y replicar ADN, poco más. Seguir leyendo “Lo que es la vida”

Pajarito

El pajarito se posó en mi ventana, como en una poesía berreta. Pese a que yo estaba parado a menos de medio metro, el bicho no se asustó. De hecho, bastante caradura, dio un par de saltitos torpes, arrimándose más, mientras yo lo miraba fijo y él me lanzaba vistazos con un ojo y con el otro, ladeando la cabeza, carente de esa visión frontal característica en los predadores. Seguir leyendo “Pajarito”

Todo organizado

Bueno, basta de remolonear. Suficiente para un sábado. A levantarse, que hay mil cosas que hacer. Así que vamo’ a organizarnos, vamo’.

A ver, lo primero es el desayuno. Si no metemos algo al buche, después no llegamos al mediodía. Pero bueno, antes de sentarnos a tomar algo, mejor ponemos a lavar la ropa y así, cuando terminamos de manyar, ya está lista para tender.

Mmh… Me queda poco jabón. Anotamos en la lista: “Jabón ropa”. Después tengo que ir al supermercado. Anotamos también: “fruta”, “zanahoria”, “huevos”… ¿Qué más? ¿De qué me acordé el otro día y dije…? Cágoen… Bueno, ya me voy a acordar. Espero.

La ropa. Meter al lavarropas. Cargar jabón, suavizante. Programar. Botón. Seguir leyendo “Todo organizado”

Apocalipsis

A veces pienso en cómo será el Apocalipsis, si es que alguna vez ocurre tal cosa: ¿sonarán trompetas? ¿Será su sonido armónico pero terrible, como la melodía grave y sombría de un film de terror? ¿O más bien como el de una banda de jazz con sus músicos enajenados, descoordinados, improvisando en escalas y ritmos diferentes? ¿Habrá jinetes, cielos rojos, llamas y caos? ¿O simplemente el Sol pasará a otro estadio de su larga vida, tragándose a la Tierra en alguna fracción de segundo inconcebible, sin que tengamos tiempo de notar el cambio? ¿Tendrá el fin origen en nuestras acciones como especie, en el efecto invernadero, la contaminación, la superpoblación? ¿O quizás adoptará la forma de otras fantasías populares como la plaga gris, los zombies, la rebelión de las máquinas o una invasión de extraterrestres? Y si va a ocurrir irremediablemente, ¿lo veré? ¿Seré testigo, víctima, protagonista? ¿O pereceré entre los primeros, sin pena ni gloria, como el extra de una película? ¿Llegaré a darme cuenta de que eso (sea lo que sea) es el Apocalipsis? Seguir leyendo “Apocalipsis”

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